El hijo de un traidor

El mundo oscurecía bajo la repentina llegada del ayer. Aquellos hombres acostumbrados a la muerte, abandonan las armaduras y emprendían la intensa búsqueda de supervivientes. Héctor no podía avanzar, su corazón se sentía anclado a una tierra en la que lo había perdido todo.

Sus ojos, aún heridos por la luz, no lograban vislumbrar el camino sereno al que los comandantes aseguraban se llega hasta la paz.

Las miradas hoscas se posaban en él. Un peso muerto solía acompañarlo en las noches frías tras la cruda batalla, el silencio se acomodaba en su garganta, miles de dedos lo señalaban, y es que en su espalda cargaba con la culpa, una culpa torpe y ciega que sin embargo no llegaba a poseer.

Los ecos del nuevo desafío cantaban al alba, en una triste tonada, repleta de despedidas, de rostros que no volverían a ver.

—Toma esto —le entregó un hombre barbudo que cargaba unas pocas pertenencias al hombro —, un recuerdo.

Héctor aceptó agradecido. Llevaba el bolso lleno de absurdos recuerdos. De viejos objetos que ni siquiera le pertenecían a él. De eso trataba la guerra, de cargar con pesadillas, con el adiós, con el incierto temor a lo que el próximo día traería.

Había visto morir a tantos, que ahora cargaba con los recuerdos de otros. Se había vuelto una pequeña tradición que muy pocos comprendían, cargaba una parte del alma de sus compañeros, esos a los que ya no volvería a ver.

Caminó muy por detrás del ejército, era de los muchos otros que habían perdido su caballo, por lo que ahora emprendía otro largo viaje a pie. Tal vez en el camino podría hacerse con un buen animal de carga, o tal vez no tan bueno. Sintió un par de monedas entrechocar en el bolsillo y percibió la desgana que durante horas solía invadirle. Los comandantes retrasaban los pagos, por lo que adquirir un nuevo animal tal vez tardase un poco más.

Los años de lucha acontecían en un rostro poco juvenil para entonces, unos surcos delgados empezaban a notarse en el contorno de sus ojos ¿Cómo se había abandonado a la batalla? Casi no lo recordaba, en un instante estaba en su casa y otro después vestía la dura armadura de hierro. Quitó importancia a lo que ya no la tenía, no valía de nada reprocharse el pasado, no valía imaginar el presente de haber tomado decisiones distintas.

—Regi quiere verte —le soltó un soltado al tiempo que le escupía a los pies.

Que poco valor poseemos los que llevamos los pies al barro en una guerra tan cruda” pensó.

No podía recriminarle a nadie el sentirse superior a él, Héctor era nadie. Caminó con pereza observando como el campamento volvía a tomar forma.

La carpa dorada se encontraba iluminada por una decena de velas. Allí, sentados junto al fuego, se postraban los grandes comandantes de los cuatro ejércitos. Regi, un hombre alto de enorme contextura, era el comandante supremo y quien dirigía las acciones de ataque. Acero, uno de los príncipes más temidos de todo el reino, regía la mayor de las legiones pertenecientes al ejército, era un soldado crudo, en ocasiones cruel, y la verdad es que no se decían muchas cosas buenas de él. Kharas y Flint, hermanos inseparables que habían ganado con justicia su puesto en la guerra, aunque no poseían mucho peso, eran tomados en cuenta por los otros comandantes que presidían los consejos.

Todos ellos valientes, aguerridos y luchadores. Capaces de lograr que Héctor quisiera arrancarse los ojos antes que enfrentarse en un duelo con alguno de ellos.

—Toma asiento —Ordenó Regi e inmediatamente lo hizo, como si fuese un impulso natural al que respondía su cuerpo —. Hemos discutido durante cierto tiempo vuestra campaña en el ejército. Si bien es cierto, diez años se convierten en muy poco, a ti te han favorecido largamente. Vuestro padre, el conde Wilcer, un hombre al que prefiero no recordar, estaría muy disgustado con vuestra actual posición en mi legión.

Su padre estaría muy enfadado por cualquier cosa. No necesitaba una excusa clara para desatar su cólera, pero esto ya no podía oprimir el pecho de Héctor, porque su padre había sido declarado traidor y se había mantenido cautivo desde hacía una década al menos.

—En fin, hemos querido deciros que vuestra madre ha fallecido, por lo que nos encontramos en una diatriba muy poco gustosa, el permitir al gran Wilcer regresar a nuestras tierras y ofrecer una sepultura santa a su señora, o dejar que otros hagan el trabajo sucio por él — la voz de Acero lo sorprendió, no por lo ruda que podía sonar, por la burla que escondía en ese tono frío que empleaba con él.

Héctor podría responder que no consideraba correcta la decisión, era la mejor manera de ganarse el favor de aquellos comandantes que poseían tanto poder. Podía resoplar y responder con energía que ningún enemigo a la patria debía rondar tierras del emperador. Pero hacía tanto tiempo que había renunciado a sus ideas para ser partícipe de las de ellos, que ya se convencía de que nada de aquello valía realmente la pena. ¿Qué había logrado? Llevar a su madre hasta la soledad absoluta para tenderla a puertas de la muerte sin nadie que pudiese velar por ella.

Él era un cobarde, un cobarde que durante diez años había pertenecido a la guerra huyendo de esta.

Cada batalla retorcía ese dolor angustioso que formaba en su interior, cada lucha asemejaba esas pérdidas maltrechas que ya no ansiaba recordar. Había intentado poner en pie todo lo que su padre había destruido, y no sirvió para nada. Después de tanto tiempo, continuaba siendo el hijo de un traidor, un soldado de a pie que en diez años no había logrado subir de rango.

—He cargado con el odio ancestral de otras generaciones, mi padre ha de mantenerse en el exilio —Sentenció Héctor intentando no pensar en el cadáver de su madre.

Los cuatro hombres permanecían callados, observando esos rasgos que hasta no hacía muy poco pertenecían a un niño, un niño al que se le había arrebatado la inocencia. Héctor  lo sabía, desde su nacimiento había sido condenado, recluido a una lucha injusta de la que no debía formar parte. Poseía sangre noble, una sangre tan común como la de cualquier otro, pero que en otras bocas llevaba peso, en cambio en la de él se convertía en mentira, pues siempre poseería la sangre de un padre traidor.

Y sin embargo ahora que se le presentaba una oportunidad para huir, sentenciaba su destino con mayor ímpetu que nunca.

Héctor debía permanecer en la guerra, debía marchar y llevar con honor aquella armadura bruñida que ahora le pertenecía. No continuaba en el ejército por su padre, ni por su familia o por el honor que podría conllevar, lo hacía por todos esos compañeros que no habían llegado al final de la batalla, por todos los que quedaban sepultados sin nombre y sin gloria, por ellos continuaba, porque fuera donde fuera, seguiría siendo el hijo de un traidor y no Héctor el luchador.

 

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La luna de Dante

La noche se vestía de miedo, augurando un declive anunciado en todos esos besos soñados, esos que no se darían y ya alcanzaban el firmamento con su inevitable agravio. Allí, donde nadie era capaz de percibir el suave viento otoñal, donde nadie reclamaba palabras de vanidad,     Dante acariciaba un sueño marchito, con el egoísmo propio de su cabeza, ideaba  la pertenencia como una dominante forma de la realidad.

Y es que ese fruto prohibido escapaba del deseo furtivo que latía en sus venas. Cada tarde, se situaba cerca de una ancha plaza, los faroles encendían el ardor de sus luces, y ella, pura y sublime, surgía por el balcón con el blanco cabello ondeando.

Era en ese preciado instante cuando  su corazón moría un poco, su vida dejaba de ser vida para sumirlo al naufragio de un corazón desvelado. Dante sentía renacer la esperanza cada tanto que alzaba sus ojos para contemplar el aro de luz plateada brillando en lo valioso del firmamento.

No podía evitar ahogarse en sus pesados pensamientos, en explicaciones absurdas que no conseguían calmar su preocupada curiosidad. Pronto, las noches se volvían eternas, incapaces de satisfacer su amor, y con el alma rota, se decidió a emprender un quimérico cometido.

descargaBuscando satisfacer ese rotundo deseo, se empecinó en alcanzar la alta cúspide del edificio, ese en el que ella, puntual cada anochecer, hacía gala de presencia. Su situación no contribuía al ímpetu de sus decisiones, abandonado al fracaso, concebía una última esperanza de vivir, al menos dirigiendo un par de palabras a la dueña de sus suspiros, a la diosa afable que jamás reparaba en esa presencia desconocida que acudía cada tarde a admirar su delirante belleza.

Iris, ese era el nombre que recibía su adorada beldad, no ignoraba por completo los absurdos intentos de Dante por acercarse a ella, y aunque sentía una intrigante curiosidad por conocerle, no se daba crédito a satisfacer semejante capricho.

Nacida de la noche y el viento del sur, no era del todo humana, solo era el resultado de miles de años contenidos, de la irá de los hombres, y la benevolencia de los Dioses. Poseía un alma sujeta a extrañas condiciones, y aunque lo quisiera, no podía sentir amor u odio hacia ninguna otra criatura, era la condena recibida a cambio de los días de vida. Por las noches, subía al firmamento acompañada de las estrellas, donde permanecía erguida con aires de ninfa hasta la pronta salida de su hermano el sol.

Era un compendio de emociones las que movían a Dante aquel día frío, la lluvia azotaba las pobres vidas de la tierra, el aire se sumergía en el fragor del invierno, uno sin garantía de un poco de fulgor.

Eran días tristes, Iris pasaba la mayoría del tiempo en el firmamento, y él ya no tenía la capacidad de observarla en su forma humana. Decidió que era momento de actuar. Poco antes de la llegada del día, escaló con frenesí la empinada estructura, no sentía el dolor en sus dedos magullados ni el cansancio en su cuerpo, eran hilos invisibles los que lo movían hacia un cielo de cristal, hacia un paraíso desconocido que creía podía encontrar.

Poco faltaba para la salida del sol cuando alcanzó el inmaculado balcón, el lugar secreto que frecuentaba solo en sueños. Su pecho se agitaba tras finalmente alcanzar ese soplo de viento, ese suspiro dejado que nunca pensó merecer. El resplandor pintó el alto cielo de porcelana, los grises y dorados se fundían con la llegada del amanecer, en un melódico canto. La luz dio repente, como un sutil destello blanco, y casi sin notarlo, allí estaba ella, con los níveos cabellos cayendo como una cascada, con los ojos felinos atizados por el fuego y los labios dorados abiertos.

Dante, en medio de su emoción, la tomó por los brazos forzándola a rendirse a su fuerza, era una ninfa de delicada sutileza, por 6d5b31372983fc2a743f11791879a0a0_378x600ed72mucho que forcejeara e intentaba escapar no consiguió  más que lastimarse. Finalmente cayó bajo un poderoso sueño, un instante fugaz en el que las fuerzas le abandonaron obligándola a rendirse. Así Dante, sin quererlo la llevó lejos de allí, hasta su pequeña cabaña situada en el centro del bosque. Junto al calor de las brasas finalmente volvió en sí, el horror de hallarse retenida en semejante oscuridad le aterraba, y casi sin notarlo se echó a sollozar en un incomprendido silencio. Debía volver a la hora indicada, no podía faltar a la promesa cotidiana que con tanta vigilancia se le había encomendado, así pues, recluida al infierno, faltaría a su tarea.

Él no cabía en sí de felicidad, finalmente poseía a Iris, no de la manera que hubiese querido, pero frente a ella no imaginaba obstáculo que no la obligara a amarle. Pero Iris, consciente de la terrible falta que cometían, enfermó, su luz empezaba a apaciguarse y poco después, su captor comprendió que no era feliz. Y él tampoco lo era, muy a pesar de haber cumplido su sueño, entendía que no podía hacerse como el dueño de alguien que jamás le perteneció.

 Aun así, que difícil resultaba desprenderse de tan gloriosa compañía, acostumbrarse a la pavorosa idea de haber tocado el cielo y regresar al infierno, el dolor nuevamente se instalaba en su pecho…

Volvía a morir, su alma se alejaba de la pequeña cabaña en la que pensó concebir la dicha, donde por una vez atajaba ese pequeño pedazo de cielo que le correspondía. Y sabiendo que en el amor nadie poseía, decidió dar el fatídico paso para devolver a Iris a su lugar.

Ella no poseía ya las fuerzas para volver a andar, castigada en la debilidad, Dante se vio en la obligación de llevarla a cuestas.

Hasta entonces no comprendía el error que cometía, simplemente abordaba ideas tenues entre el querer y pertenecer, torturándose entre pensamientos desmedidos mientras su cuerpo se debatía en la laboriosa tarea de devolver a la ninfa.

Iris iba desvaneciéndose entre la oscuridad del bosque, su vestido de seda clara ahora resultaba áspero y lucía marchito. ¿Había e089a136300d5cdf22a4194d0e51c857matado con tanto empeño por ser merecedor de su amor? Era un trazo del Dante que había sido, se arrodillaba ante el sol dejando que las lágrimas le corrieran, Iris se perdía en sus brazos, entre matices grises la observaba sumirse un sueño letal.

Los susurros de miles de voces zumbaban en sus oídos, el fin del mundo se alzaba frente a sus ojos, un frío inclemente envolvía sus gastado brazos, mientras él, en un último intento por liberarla se aferraba como un niño a sus manos, Iris permanecía inmóvil, con los párpados caídos y el cuerpo desvanecido, las sombras se mecían sobre ella como las olas de un mar negro, reclamando su parte en aquella injusta decisión, Dante solo quería alzar la mirada y que el rumor detuviera su canto, que el batir de las alas oscuras cesaran de dar a su rostro.

La sangre corría bajo sus pies, Iris se deslizaba en sus aguas gélidas, ahogándose en la tortura del adiós… De su garganta escapó un grito, era el nombre de ella, sonaba lejano, ella no lo escuchó, seguía sumida en un sueño mortal. Dante quiso asirse de su mano, intentar acariciar por última vez la dulce piel de un ángel, pero un repentino zumbido se lo impidió, el batir de las alas alzó el vuelo, los ojos de la muerte parecían susurrar, y cuando creía que el fin llegaba, el terso sonido se detuvo. Palpó a su lado en busca de la mano cálida de Iris, pero en lugar de ello se topó con la hierba húmeda.

Buscó a un lado y a otro, Iris había desaparecido ¿Cuántas veces podría morir por ella? Una brillante luz dio al rostro, entonces alzó la vista, sus ojos  tropezaron con un cielo claro y despejado, en el centro, brillaba la enorme luna derrochando plata. Ahora sabía que Iris permanecería allí, dispuesta a acompañarlo cada noche, desde su entorno, bajo su comodidad, sería solo de él sin llegar a pertenecerle, y Dante lo entendía, la amaba, de una manera loca y desbocada, solo sabía que no podía ser el dueño de una joya tan inmaculada.

El festín de la muerte III

III Parte
La marea de la muerte

 

El viento lúgubre envolvía la furia de las montañas. Había sido un viaje largo, cansino, y algo tormentoso. Tras días a pie, y otros más en el barco, finalmente conseguían llegar hasta el fin del mundo.

Ese lugar remoto los recibía con la tristeza de un reino muerto. Los reyes ya no gozaban de la gloria pasada, las tumbas se volvían para reclamar el esplendor que con tantas batallas habían garantizado, ya no quedaba nada.

Sentía los músculos agarrotados. Apenas y se movió en la proa, veía a los marineros ir y venir manteniendo la distancia con la hechicera. Nadie osaba acercarse demasiado y él no podía culparlos. Seguía poniéndole los pelos de punta, con sus túnicas delgadas, con sus ojos filosos que siempre lo miraban.

Emprendían una misión suicida. Una de la que esperaba pudiese salir victorioso, y sin el peso de Kira encima. Sabía que era riesgoso, intuía que Karsos en su momento habría sentido dudas respecto a ella, pero él no podía dejar que Kira conservara su puesto en el concejo. Era peligrosa, despiadada, estaba llena de un sutil veneno, no de los que matan el cuerpo, de los que te quitan el alma.

La leyenda de las brujas de Sigmund seguía dándole vueltas en la cabeza. De niño era la historia que su madre solía contarle, le hablaba de esos seres malvados que un antiguo rey convirtió en piedra. Y aunque a su corta edad lograban atemorizarlo, de adulto comprendía que no existía mayor miedo que la pelea, las espadas y la guerra.

Ahora parecía una nimiedad, una en la que ni siquiera creía. Si llegaban a las Mareas de la muerte lograría acabar con las ideas de la hechicera.

Eru no podía confiarse. Era el rey, y por mucho que quisiera desistir de sus intentos, comprendía el enorme peso que atraía el poder. Sí, unas buenas faldas y el mejor vino no le faltaban, pero lejos de disfrutarlo y complacerse en esos placeres rutinarios, se concentraba en pensar en su ejército, esos hombres enterrados a pie de colina, la amenaza de la guerra que pendía sobre su cabeza.

-Algo te preocupa – Susurró la voz cálida de Kira en su mejilla – puedo ver que piensas en Girón y tus hombres, cuando despertemos a las brujas, la presión disminuirá, te aseguro que serán de ayuda.

Él la miró con amargura. Estaba convencido de que la mujer llevaba años planeando aquello.

-¿Por qué Karsos nunca aceptó hacerlo?

La hechicera se encogió de hombros y se acercó más a él.

-Era un cobarde, como muchos otros hombres que se hacen llamar guerreros. Lo desconocido le daba miedo y no le permitía salir de la comodidad del valle.

Él no podía culparlo. Si le hablaban de despertar un poder despiadado capaz de cambiar el curso del mundo, también sentiría miedo. Era aguerrido, pero sobre todo humano, y para su mala suerte, derrochaba algo conocido como sentido común.

-Tú no tienes miedo – soltó ella de pronto como si pudiese leer sus pensamientos – Sientes una vaga curiosidad por lo que encontraremos más allá, por ver las estatuas y sentir que todo esto fue un fraude.

No podía decirle que no. Tenía más ganas de ver ese lugar maldito que esperar las consecuencias de su llegada.

Kira parecía mantenerse en calma. Se arrebujaba en la ancha capa y miraba el horizonte de vez en cuando. Realizaban el viaje junto a una docena de soldados, todos ellos dispuestos a servir a su nuevo rey y entregar su vida en una tarea que parecía imposible.

Antes de marchar recibieron amenazas de los reinos contiguos. Nuevas magias se despertaban en los límites desconocidos, y todos los reyes esperaban unirse y enfrentar ese poder dormido que ahora despertaban. En cuanto los rumores del nuevo rey se extendieron, muchos pensaron en alianzas, tras enterarse de la presencia de la hechicera retiraron sus palabras. Nadie estaba dispuesto a tender su mano a un rey que se vinculaba con la magia, mucho menos lo estarían si se enteraban de la finalidad de aquel viaje.

Llevaban dos décadas en una lucha de magia. Corona contra hechiceros, fuerza bruta contra una naturaleza asombrosa, y aunque él podía entrever los riesgos que poseía la magia, no dejaba de creer que un pacto podría tener más beneficios que daños. Desde luego, esto solo lo mentalizaba, si llegaba a manifestarlo en voz alta su imagen quedaría destrozada. Muchos de sus hombres habían perdido a sus familias como una terrible consecuencia de esos días de lucha, y aunque ahora su reino estaba desterrado de las alianzas, todos esperaban un nuevo pacto con los hombres del norte, algo que él estaba dispuesto a materializar para llevar la seguridad a su gente.

El panorama era caótico. Magia, guerras y ambiciones.

6d5b31372983fc2a743f11791879a0a0_378x600ed72El mundo se sumergía en los deseos de un poder perdido. Y aunque los reyes se empecinaban en dominar y exterminar a los hechiceros, él podía intuir una especie de mundo nuevo, en el que se aceptaran las diferencias. Desde luego, pensaba en Kira y sus ambiciones y aquello se venía abajo ante sus ojos.

No quería criminalizar a toda una población solo por su experiencia con ella. Era cierto que no conocía otros magos, pero no por eso podía creer que todos fuesen egoístas y oportunistas como Kira.

-Mi señor – Anunció el capitán del barco acercándose hasta su lugar – hemos llegado a las Mareas de la muerte. No podemos ir mucho más allá.

La mujer hizo un gesto afirmativo, y con un movimiento de manos restó importancia a los inconvenientes.

-Necesitaremos un bote pequeño que nos lleve hasta la isla – Replicó ella con confianza.

Unos minutos más tarde, estaban sobre un bote pequeño junto a sus hombres. Podía ver los movimientos nerviosos mientras se pegaban unos a otros. Kira había exhalado un humo negro invocando una bola de fuego que los arrastraba en la calma del mar.  Hubiese preferido remar, pero ella no lo permitió de ninguna manera.

-Guarde sus fuerzas para luego – Fue lo único que alcanzó a decir.

No rechistó. Aquel lugar parecía sumido en la bruma, y una sensación repentina de pesar se extendió por todo su cuerpo.

No era el único, los hombres parecían decaídos, con la mirada sombría y la boca entreabierta, no hablaban, no reían, no miraban. Las sombras de ese lugar melancólico empezaban a tentar sus almas.

-Le dije que no eran necesarios – Explicó ella ante sus ojos confundidos – Se quedarán en la playa esperando, no son útiles, no tienen el temple necesario y mi magia no es suficiente para protegerlos.

Todos se quedaron allí en la orilla, mirando como Eru y la hechicera enfilaban por un estrecho camino que daba a una montaña dorada.

La noche brillaba con los lúgubres temores de su rey. Caminaban en el silencio, sin mediar palabra y casi sin voltear a mirarse, él solo seguía sus pasos, convencido de que pronto podría dar la puñalada final, deshacerse de una vez por todas de ella.

Avanzaron por el desfiladero hasta llegar a la entrada de una cueva.

Él iba a continuar cuando ella lo detuvo con una mano, empezó a quitarse la capa y dejó las botas en la arena.

-Debes entrar limpio, ningún deseo dañino puede guardar tu corazón.

Eru se limitó a dejar parte del peto y la espada, no le gustaba ir tan desarmado a un encuentro con lo desconocido.

Se adentraron en la oscuridad, un rayo de luz destilaba la mano de la hechicera y era lo único que les permitía ver por donde caminar.

El rey cargaba con una extraña sensación que le oprimía el pecho, un aliento que flotaba en torno a su ser. Le dolía el alma, un sudor frío empezaba a extenderse por toda su espalda mientras que los ojos se le nublaban.

imageDe pronto una llama bailó a sus pies y el dolor lo doblegó, hincó las rodillas sintiendo como la cueva giraba en su cabeza. Escuchaba los gritos de la hechicera, como una terrible maldición que le perforaba la mente.

Todo volvía del negro al gris, en una incesante lucha por deshacerse de sus ropas, el calor lo abrasaba, y por mucho que se retorcía, este no cesaba.

Una luz de aire le cosquilleaba las costillas, quería perder el sentido ya, cualquier cosa podía resultar mejor que aquella agonía.

Pero seguía despierto, lúcido y ardiendo. Se contuvo reteniendo el aire en sus pulmones, los fantasmas del pasado volvían a asediarlo con la certeza de que cobraban venganza. Una cruel y eterna represalia que le arrebataba su naturaleza. Las garras se entornaban en su pecho, los gritos clamaban a lo lejos, entonces la luz lo tomó por el rostro y pudo ver la sonrisa decepcionada que se dibujaba ante sus ojos.

La daga que escondía salió despedida por los aires, una brisa acarició su rostro y el mundo se detuvo.

-Te dije que debías entrar limpio ¿Por qué razón traerías un arma a este lugar?

Él la miró con odio y ella comprendió su error. Nunca había querido despertar a las brujas, solo ansiaba deshacerse de ella, enterrarla en el foso de los recuerdos y no volver a lidiar con la hechicera.

-Te falta inteligencia, pensé que serías mejor. Ahora levántate, tenemos que despertar a las brujas.

Obedeció. Más por el imperativo de su voz que por el cansancio que lo consumía. Le siguió el paso como un cachorro que no tiene dueña, replicando por lo bajo, consternado ante su fracaso.

Llegaron hasta un enorme altar de piedra. Allí relucían tres enormes figuras de cristal, tres mujeres altas en una forma celeste, condenadas a la eternidad.

Podía ser su momento, solo necesitaba golpear la cabeza de la mujer contra la piedra, necesitaba la fuerza de sus manos y arrancarle la vida a pedacitos.

No lo hizo, la dejó proceder, convencido de que la magia de ese lugar obraba a favor de ella, después de todo el mundo vería la guerra, después de todo comandaría a su pueblo hasta el final de los tiempos.

Puedes leer las primeras partes aquí:

El festín de la muerte I: después de la guerra

El festín de la muerte II:  las decisiones

El festín de la muerte II

II parte

El fuego acontecía en los corazones de un ejército derrotado. Los fantasmas del pasado se alzaban injuriando tras los años arrebatados, en una lucha infinita, donde la línea que separaba a los buenos y los malos se volvía ambigua.

Desertaban los cobardes que no poseían el ímpetu de la batalla, de la supervivencia, entonces morían las canciones, y con ellas, los héroes.

El consejo de guerra se presentaba como una de las contrariedades que Eru no pretendía enfrentar. Había imaginado que tras la muerte de Karsos las cosas resultarían fáciles, pero nada más alejado de la realidad. La verdad era, que con la muerte del antiguo rey, los problemas solo estaban a la orden del día. Y aquella excursión no era la excepción.

-¡Esto es absurdo! – Bramó uno de los hombres dando un golpe contra la mesa – Creéis que porque el mundo juega a vuestro favor el consejo se doblegará ante un rey sin mérito alguno.

Algunos hombres manifestaron su apoyo susurrando y asintiendo quedamente. A lo largo de la mesa se encontraba una docena de hombres, todos ellos veteranos de guerra, hombres que habían inclinado en su tiempo las rodillas ante Karsos, y ahora debían hacerlo ante Eru. Tal vez su vaga trayectoria no era suficiente para mantener unidos a esos hombres del sur, pero probaría cualquier medio para ganarse su devoción, además, un nuevo enemigo se alzaba y no había que doblegarse ante peleas insulsas cuando necesitaba un ejército de guerreros poderosos.

-Estoy harto de la guerra, perdonadme que os lo diga – manifestó un anciano de capa corta – he prestado mis tropas al rey en todo momento, pero seguiros en un plan que no tiene más objetivo que recuperar unas cuantas tierras es una misión suicida. Hemos de olvidar las fronteras y garantizar el orden donde realmente nos importa.

Podía ver el cansancio en sus rostros añejos, pero necesitaba de esa experiencia que en su momento había llevado a Karsos a la gloria, esas espadas que lo habían convertido en un conquistador.

jan_urschel_10Él se convencía de que en ese mundo no existían los héroes, esos míticos guerreros que se ganaban canciones en medio de hazañas y proezas se encontraban extintos. Allí solo quedaban viejos soldados muy cansados, acostumbrados al acero, a la pérdida y a la muerte.

¿Acaso él no estaba también asediado por culpa de la guerra? Había visto caer a tantos, había probado la sangre y el hierro, y sin embargo ahora suplicaba lealtad y nuevas espadas, nuevas vidas para enterrar al pie de lejanas colinas.

Sí, lo cierto era que siempre había abogado por la paz proclamando que los pactos y las alianzas eran mejor que las lanzas. Pero una nueva era se alzaba, y  no podía permitirse ser el rey de la pacificación, no cuando sus tierras eran invadidas por aquellos hombres desprovistos de rostros. Y es que cada día los rumores aumentaban, se expandían sembrando el horror entre su gente, en un pueblo que aún no alcanzaba a confiar en su nuevo rey.

La carpa se abrió y una figura se adentró sin mediar palabras. Todos se giraron en silencio para observar como la hechicera se deshacía de las pieles que le envolvían el menudo cuerpo. Sus ojos de oro se encendieron al encontrarse con los de su rey. Decidió restar importancia de su inoportuna llegada y situarse justo al lado de Eru sin mediar palabra.

Kira era más una molestia que una ayuda.

Frecuentaba entrometerse en todos sus planes y esto acababa por ponerle de muy malhumor. Hacía días se había marchado a las laderas del oeste esperando tener una constatación de sus terribles temores.

-Una amenaza se cierne sobre nosotros, si vosotros estáis cansados, permitidme que se los diga, pero no habrá descanso una vez que lleguen a vuestras tierras…

De nuevo el murmullo se alzó.

Eru esperaba despertar el espíritu dormido de aquellos hombres. Comprendía la poca confianza que mantenían en él, se avecinaban días duros en los que necesitarían todos los recursos del reino, incluso necesitaba a la temida hechicera.

-Mis ilusiones de compasión y misericordia se han venido abajo – interrumpió Kira alzándose en la mesa – Si pretendía imponer el-fuerte-de-las-espinasuna era de paz y unión, debo deciros que he fallado en mi cometido. El horror ha venido al mundo, un horror que arrastra ríos de sangre, donde la muerte seca camina a ciegas en busca de nuevas víctimas, y es un enemigo antiguo, uno al que el propio Karsos no osaba desafiar.

Él la observó sin inmutarse a replicar el comentario. No sabía lo que habría visto la hechicera, pero algo en el semblante de esta le auguraba que sus temores eran ciertos. Si la profecía era irrefutable, el mundo se sumiría en la oscuridad perpetua, el horror de la muerte rondaría por los anchos caminos de sus tierras.

-Pues yo espero ansiosamente el día en que pueda probar el filo – Había hablado Girón, el segundo al mando de Eru, hombre de confianza, valeroso y temerario – hace mucho que mi espada no prueba la carne, vendría siendo momento.

El consejo presionó su mirada en el retorcido comandante, Girón restó importancia y continuó afilando su espada, como si el mundo se redujera a eso.

-La guerra es inminente – replicó Kira intentado atraer la atención – pero también lo es la pérdida de nuestro imperio, solo habría una manera de obtener una victoria y me temo que esto no será del agrado de nuestro rey.

Eru le dedicó una mirada acusatoria en tanto que ella buscaba el apoyo de Girón, este se encogió de hombros poco dispuesto a admitir que prefería una victoria.

-Hablad – la instó el rey esperando poder acabar con aquello de una vez.

-Hace siglos, las brujas del rey Sigmund duermen convertidas en piedra – Algunos lanzaron bufidos y otros entornaron los ojos entreviendo alguna idea desquiciada – Con ellas se oculta un poder ancestral que ha sido prohibido a los mortales, un poder tan grande que podría  incluso despertar a los gigantes de piedra y derrotar a los seres de la oscuridad.

-¿Y cómo despertamos a esas perras mi querida hechicera? – La voz de Girón había interrumpido la aportación de la mujer, Kira no se inmutó, no era la primera vez que pretendía convocar semejante poder, y esta vez se imaginaba con la batalla ganada, sus ojos ambicionaban eso que durante años Karsos le había negado, ahora llegaba su oportunidad.

-La guerra se acerca, y mientras vuestros hombres se despliegan intentando salvar nuestra frontera, el rey y yo nos adentraremos en las mareas de muerte buscando despertar a las brujas de Sigmund.

Un aullido aplastante entonó la aprobación del consejo de guerra. Eru la miró alzarse con su victoria, convencido de que era el rey de la nada.

-Tenemos mucho por hacer mi Lord. Si me permite, nos vemos a la primera luz del sol.

Y se marchó. Eru tenía batallas que enfrentar, lidiar con aquella tormenta era un mal menor que a fin de cuentas poco le preocupaba. Pero la hechicera tenía motivos que escapaban de su entendimiento.

-Me temo que se avecina un vendaval, y te encuentras en la mira de este – Fue todo lo que Girón alcanzó a decirle.

El rey sabía que su lucha no había acabado al sentarse en el trono. Una nueva guerra descendía a sus pies, como una perpetua amenaza que cambiaba constantemente de forma, él seguiría a la hechicera, y si era necesario, sería el precursor del golpe fatal, no se permitiría dejarla despertar a las brujas de piedra. Si ese poder dormía, entonces que lo hiciese por siempre. Mientras tanto daría tiempo, el necesario para que la batalla comenzara y la lucha se desafiara, solo era el inicio de sus planes, y por suerte, marchaban como esperaba. No habría cánticos de muerte, solo el aullido de la victoria. Para vencer, necesitaba más valor e ímpetu que el necesario para matar enemigos en el calor de la batalla.

Puedes leer la primera parte aquí:

 El festín de la muerte I

El festín de la muerte

I PARTE

Después de la guerra

El aullido feroz se elevaba como un canto elevado al cielo. La luna sangraba bajo el perpetuo recuerdo de lo eterno. En esas noches de luto, en que los hombres se sumían en el silencio, nacían las leyendas, los hombres de fuego.

Los gritos resonaron en una multitud que se abría paso hasta la tribuna. Allí, una docena de hombres se perfilaban en el mutismo que precede a la muerte, sus ojos se volvían a ella, a una traición que encarcelaba lo más profundo de sus aguerridos corazones, condenándoles al destierro, al silencio eterno.

¿Podían los héroes admirados convertirse en víctimas de su propia vanidad? Sí podían, Eru era testigo de tantos caballeros valerosos caídos en la desgracia de un destino poco misericordioso.

Allí rondaban tantas leyendas que ya se confundían las batallas pasadas con las que estaban por venir.

Mucho se decía del rey, de su poder mermado, de la poca habilidad que conservaba para gobernar. ¿Quién osaba subestimar al gran Karsos? Solo  pocos conseguían manifestar su opinión y no acabar de festín para los cuervos.

Después de la guerra se suponía que venía la gloria, la paz y la unidad.

cánticosdemuertePero nada de esto era cierto. Después de la guerra solo llegaba un vacío inmenso, imposible de ser llenado más que por cerveza para olvidar las penas, más que por gritos iracundos y lamentos que barría el viento.

Karsos no podía prever el amotinamiento de sus tropas. Además, era cierto que la presencia de aquella hechicera generaba cierto malestar entre el campamento. Y es que Kira, conseguía incomodar al más valiente de los guerreros,  generaba el temor de sus artes oscuras y de la influencia que tenía en el rey.

El destino parecía sumirse en los miedos rotundos que acompasaban su marcha. Él no podía disuadirse de lo contrario, había recorrido un largo camino, había desaprovechado toda una vida solo por un fatídico instante.

Los hombres admiraban a ese extraño luchador llegado de tierras del norte. Eru se había preparado desde el inicio de los tiempos, ahora llegaba el momento en el que desafiaba a un hombre duro al que muchos se empeñaban en llamar rey. ¿Cómo podía él asumir que el rey  era ese ser desprovisto de humanidad?

Karsos gobernaba más por el temor que despertaba que por el respeto que  gozaba.

Así, parecían ser los tiempos que proseguían a la terrible guerra. Cuando las canciones cesaban, y la gloria acababa, solo quedaba el miedo. Un vago temor que imponía a esos soldados hechos de papel, y al que pretendiera desobedecer, no tocaba otra cosa más  que una tosca soga alrededor del cuello.

No podía evitar convertirse en el eco que susurraban los moribundos, Eru había despertado una legión dormida, y aunque pocos se atrevían a mirarlo directamente, no quedaba otra alternativa que esperar. Era la expectativa lo que más le preocupaba, era el tiempo el único que podría marchitar esas ansias de sed a las que su cuerpo se aferraba.

Eran las espadas de sus enemigos las que parecían entonar esos tediosos cánticos de muerte.

La llegada de la noche atrajo una visita inesperada. La carpa se iluminó con el blanquecino rostro de Kira. Razón no le faltaban a los rumores, era tan bella como dañina.

-¿Qué os trae en una noche tan despejada hasta mi carpa? – Indagó él con poca amabilidad.

Ella dejó caer la capa y le tendió una sonrisa afilada.

xavier-collette-dark-faeries10-Era de suponer que visitaría al contendiente que se batirá con mi amo y señor – manifestó poco sorprendida ante el tono agresivo que mantenía el guerrero – Estoy acostumbrada a los pocos modales que poseen los valientes, pero había supuesto que al menos me ofrecerías asiento – él se limitó a encogerse de hombros y la hechicera se deslizó en el rudo camastro improvisado – Me gustaría saber las razones de vuestra visita, además de las obvias.

Eru no deseaba lidiar con la hechicera, conocía las historias que rondaban en torno a ella y nada bueno se sacaba con su visita.

-La verdad querido, es que vengo a persuadiros de que no acudáis al duelo mañana – Manifestó – Es muy simple, Karsos jamás tendrá compasión contigo, sufrirás una muerte cruel, desgarradora, y vuestra valentía solo quedará enterrada con los gritos de horror que escaparan ante cada puñalada. Como un favor he venido a advertiros de ceder, de mantener la paz que con tanto esfuerzo hemos labrado, incluso – llevó un dedo hasta sus labios dejando que su aliento volara hasta él – podría velar por los intereses que mueven esta decisión ¿Qué deseas?

-No puedo decir que me sorprenda vuestro intento por detener el duelo. Si bien reconozco la valía de Karsos, será su muerte la que traiga paz a este reino – No pudo controlar el impulso nervioso de su brazo y al final habló – nada de lo que pretendas ofrecerme podrá cambiar mi parecer. Busco recuperar las tierras de mi padre, recuperar su legado. Y solo podré hacerlo con la muerte del hombre que le otorgó el destierro. ¡Marchaos  de aquí!

Kira le dedicó una sutil mirada antes de abandonar la carpa. Él no iba a ceder, había esperado toda una vida por ese momento, y solo así recuperaría lo que era suyo desde un principio, no había lugar para cobardías, no podía permitirse sentir miedo.  Se durmió con la vaga sensación de ser admirado en sueños, de arrastrar miles de almas con una cadena de hierro.

El amanecer tiñó de nuevas luces la enorme colina dorada. Los ríos de sangre corrían sobre los valles helados, en una mañana de gloria, recordando a los inmortales el destino de aquellos que osaban desafiar a la muerte.

Eru se aproximó sobre el círculo dibujado en el barro.

imageUna centena de hombres se asomaban a presenciar lo que creían sería un final fatídico para quien retaba a Karsos. Y es que aquel rey era el protagonista de miles de canciones, de las duras batallas.

Karsos apareció blandiendo su mítica espada. Ambos se situaron en sus posiciones, dejando que el rugido dignificara el tacto del metal. Eru se movió con prisas, atacando con una rápida pero potente estocada que el rey desvió con facilidad. Ambos se sumieron en un baile de espadas, uno en el que los filos saltaban en cuanto se tocaban.

Eru sintió el metal sobre su hombro, el rey había propiciado un instante en el que con un tenue engaño, logró rozar el acero contra su peto. Desvió el golpe con poca fuerza, la sangre comenzaba a manar hasta la empuñadura, en un momento agrio de confusión.

El poderoso mandatario lo obligó a retroceder ofreciendo varios cortes que si bien no eran mortales, se convertían en una larga agonía si realmente pretendía extender el combate.

-¡Y osas enfrentar a tu rey! – Gritó Karsos alzando su espada al aire – ¡No eres digno de vuestro padre, quien en su tiempo dio más pelea haciendo uso de una mayor dignidad! – Le escupió en el rostro al tiempo que golpeaba sus costillas en un abrazo de muerte –        ¡Eres débil y por eso…!

El guerrero no alcanzó a concluir su frase. El rey cayó cuando la espada caló  en su pecho.

En un instante de gloria, Eru había conseguido que la arrogancia jugara a favor de sus intereses. La hechicera se alzó en el podio proclamando un nuevo rey, intuyendo que sus ambiciones cambiaran el rumbo que hasta entonces habían llevado. Pero él no había derrotado al contrincante más importante, aún le quedaba una lucha, una más difícil de lograr, una que llevaba el rostro de una mujer.

Sonrió ante todos imaginando el porvenir que se tendía ante sus ojos. Kira se aproximó y le devolvió el saludo, frío y cortante, dejando en claro que todo aquello era teatro. Su mayor rival continuaba allí, no hacía gala de poder ni se vanagloriaba en sus batallas, simplemente tenía el tacto de la inteligencia tallada en la piel. La muerte de Karsos era un paso, pero el largo camino que quedaba se teñía por la magia oscura que esta acaparaba, aún quedaba una batalla más.