La guerra de los magos

Las lunas nacían en el temor de los magos, en esos hombres castos que dedicaban sus ansias y su energía a renovar los mundos desiertos. En tanto, los cielos desistían, implacables, bajo los augurios maltrechos de un pueblo arrasado, encontrando los escombros de una dinastía olvidada. En las noches desiertas se resignaban al horror de…

Las tumbas olvidadas

I parte: La decisión  La luz difusa bañaba aquel cementerio de tierras baldías, de tumbas olvidadas. Eran años en los que los hombres perdían el camino para adentrarse en la aventura de lo desconocido, en una búsqueda mortal e implacable que les consumía el corazón, que acababa por arrebatarles la vida dejándolos a merced del…

La voz del rey

Las olas mecían de manera inclemente aquella proa que se resistía contra la salvaje marea. Los hombres, danzaban al unísono del mar, en ese acústico canto que arremetía con vaga ansiedad.

Entre tanto, sus corazones se apaciguaban, dominados y casi dormidos, con la insistente vanidad de ver sus sueños perdidos.

No eran marineros. Nunca habían surcado el mar. Tampoco eran agiles guerreros. Solo eran vándalos al borde de la justicia, sometidos a una deuda de sangre que su señor les había hecho jurar. ¿Y cómo podían contradecir a un hombre que los había armado y dotado de buenos barcos? No podían, aunque murieran, uno de ellos debía sobrevivir y cumplir la promesa que habían declarado.

Esa promesa pesaba tanto. Se movía con insistencia sobre la ancha madera, como una serpiente buscando  tentarlos, pero ninguno osaba mirarla, su fama precedía aquella voz dulce, esos ojos de miel,  esa piel caoba que embrujaba a los hombres libres para atarlos a la misericordia de un llanto de sirena.

El camino de fuego

Las almas cautivas vagaban como leves prisioneras del adiós, albergando las tenues posibilidades

de alcanzar esa libertad plena que desconocían hasta entonces. La ciudad se mantenía en la

profunda calma que precedía al fin del mundo.

El sol se extinguía como el augurio negro de un desdichado final. En tanto, los hombres

sucumbían en sus lechos, agotados entre miles de excesos. En un reino que se lo había dado todo

y que ahora los obligaba a ceder, como ratas perseguidas, que merecían un catastrófico final.