El mago de arena

El mundo se sumergía en el implacable silencio de la oscuridad. Días negros atenazaban aquellas vidas consumidas, aletargadas y mecidas por el llanto.  Los fantasmas clamaban sordamente el final de la inevitable tortura. Esos pasos sentenciados, caminaban acobijados, entre las muertes de aquellos que ya no poseían el don, eran olvidados y condenados, desterrados al olvido, a la lucha inclemente.

La arena se sacudía bajo las vaporosas pisadas del enorme gigante. Su corazón, acompasaba una marcha lenta, triste y un tanto metódica. El fuego se removía bajo el temblor de sus pies, en una ciudad marchita y poco recordada, solo él perpetuaba un tiempo mejor. Uno, en el que miles de días se habían extinguido sobre sus manos de piedra. Uno, en el que su cuerpo no era una masa gigante de arena, sino el de un hombre de carne y piel.

Darius soportaba la incipiente maldición que se apegaba a su ser. Noche tras noche, se consumía en torpes pensamientos, en cientos de años evocando un dulce derroche. La mágica ninfa aparecía ante sus sueños como un beso prometido, ese que nunca alcanzaba a llegar puesto que su corazón, se encontraba sentenciado en una robusta capa de piedra.

El tiempo había vencido aquellas ansias indomables por vencer su fatídica condena. Juraba que Eris lo esperaría sin importar. Pero la línea del tiempo jugó con sus pensamientos, y en el plano de los mortales, aquella maldición que parecía mero soplo de viento, aventuró con décadas interminables que acabaron por enterrar a su ninfa. Así Darius se encontraba en un mundo eterno, desterrado de la vida pero obligado a vivirla.

-¡Que árido se encuentra el valle! – La voz de su pequeño compañero le arrebató el ensimismamiento – ¿Lo recordáis así?

Jamás había observado semejante soledad. Los valles consumidos reclamaban días mejores, una nueva era que se dibujaba en el horizonte.

-No – Manifestó casi con pesar – Sigamos.

el mago de las arenas relatoGriffin asintió y optó por seguir el paso de Darius.

Su compañero había sido un mago como él lo fue alguna vez. Solo que Griffin no había enfrentado la última guerra.

Y es que la maldita guerra aún se empeñaba en perseguir el presente, en mantenerse vigente cuando quedaban tan pocos sobrevivientes. Cuando el rey descubrió el poder dormido en la terrible amenaza de los magos y hechiceros, comprendió la vulnerabilidad de su poder. Un poder que solo sostenía con una corona y un par de decretos reales.  Por lo que Makarius, decidió emprender una terrible guerra en la cual podría masacrar libremente a quienes consideraba como contrarios a su régimen, eso incluía a los hechiceros. Enemigos decretados a cuanto él creía correcto.

La devastación de sus terribles decisiones, llevaron al reino a una oscuridad perpetua, una guerra de poderes que clamaban a voces de guerreros. Una guerra en pos de las mejoras del reino.

Los hechiceros no se molestaron en hacer frente a la terrible amenaza. Y solo hasta que esta se convirtió en una consecuencia que los acercaba a la extinción, decidieron emprender un contraataque que los liberara de la expulsión.

Muchos magos no tomaban en cuenta el engaño y la traición de aquellos que intentaban proclamar en vano una pequeña tregua. Darius había sido una víctima consiente de las terribles consecuencias de la supuesta alianza. Conoció la crueldad de un trono vacío y el poder de un mago ambicioso.

Convertido en un hombre de piedra, vagaría infinitamente en un mundo inmortal. Condenado, aceptaba tal delirio sin mayor entusiasmo que el de volverla a ver. Al menos Eris se había salvado, al menos ella vivió una vida un tanto normal.

Volver a los páramos le atraía los amargos sabores del pasado. Griffin conocía parte de su historia, pero en un mundo nuevo, se le hacía complicado entender los horrores que rodeaban al hombre que le acompañaba.

-¿Qué os parece si pasamos la noche aquí? – Inquirió el joven dejando caer sus escasas pertenencias.

Darius no respondió, se aproximaba el final del día y con este, llegarían los miedos que con absoluta frecuencia solían perseguirlo. Griffin necesitaba un descanso, él velaría por los sueños de su joven compañero en tanto que se entretenida entretejiendo una que otra rama caída.

La noche se fundió con el esplendor de las motas plateadas resplandeciendo. Al calor del fuego Griffin se tendió a los sueños, mientras Darius vigilaba. Las noches no dejaban de ser peligrosas, y aunque él no le temía  a nada, no pretendía que algo inesperado tomara por sorpresa a su fiel compañero.

Él y Griffin se habían conocido hacía cosa de un par de años. El joven marchaba al sur en busca del legado de un padre olvidado. Darius conocía el camino, procuraba realizar un viaje al pasado, uno en el que pudiese recorrer sus pasos y encontrar al rostro de todos los rostros.

No pretendía admitirlo, pero Darius perseguía una vaga leyenda. Creía que, si alcanzaba el portal del pasado, podría volver y encontrarse con el rostro de todos los rostros, solo él podría acabar con el suplicio que significaba una existencia eterna.

La añoranza de tenderse a los brazos de la muerte inundó el cielo con el clamor dorado. El mundo se deshizo en un único silbido, mientras la luz cegadora le llenaba los sentidos. ¿Qué era ese sonido letal y dulce a la vez? No lo sabía, se le antojaba desconocido, aunque él ya lo había visto todo. Todo, excepto eso.

Relatos el mago de las arenas - lectura - quijote - leer - iris de asomoLa luz ensombreció y las cenizas bailaron en el viento. El soplo cálido arañó esa superficie rocosa que cubría su cuerpo. Sus ojos se llenaron de lágrimas saladas, esas que no sentía desde hacía milenios, eran vagas sensaciones que creía olvidadas. Y cuando pensó que se marcharía, allí en el firmamento la vio, Eris aguardaba, al pie de las montañas como lo había hecho hacía tanto tiempo.

Darius corrió a su encuentro, ella sonreía convertida en un único aliento.

-Por fin… – expresó él sintiendo el tacto tibio de su piel.

-No – susurró ella respondiendo a la caricia – Aún queda un poco más, resiste, solo debes llegar al final del viaje y esta terrible pesadilla acabará.

La besó en la benevolencia de los sueños.

Al despertar ya no era la enorme masa de piedras. Era el Darius que una vez fue, con un rostro y las sensaciones a flor de piel, con la promesa de encontrarla al final de camino, quedaba muy poco, y eso, era aliento suficiente para continuar.

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    • Hola Natuska, las negritas no tienen nada que ver con la historia en particular, es solo una manera de resaltar algunos de los tópicos que se mencionan en la historia. Saludos