Cuaderno de arte

 

Durante los últimos dos meses, evitaba que cotilleasen su carpeta de trabajo. En el campus, procuraba evitar que descubrieran la cantidad de dibujos que guardaba celosamente. Eran la inspiración multiplicada por cien. Todos ellos con una chica como figura central en la lámina. Sí, evitaba sobre todo esa palabrería barata que para alguien enamorado no serviría de nada, porque ellos no podrían deshacer lo que realmente sentía. Porque estaba enamorado, ¿no?

¿Cómo te podías enamorar de alguien a quién no conocías? En cambio, él tenia programada su réplica, aunque deseara con todas sus fuerzas no tener que verbalizarla a ningún entrometido que hubiese descubierto el pastel. Él, como artista, estaba enamorado de la tonalidad de colores que le ofrecían un sinfín de oportunidades en la lámina en blanco, de la inspiración que se despegaba ante él. Él, como persona, estaba enamorado del aura de la chica. Un estudiante de Bellas Artes enamorado de su musa desconocida, ni más ni menos. No podía ser más trágico, tampoco menos romántico.

 

La descubrió una tarde de abril. Tal vez “descubrir” no fuese el verbo más indicado para referirse a su primer encuentro. “Tropezar” con ella tampoco sería correcto, ya que siempre se había mantenido al margen y jamás habían cruzado palabra. Ni adivinado su perfume. Ni su color de ojos. Cómo de diferentes hubiesen sido las cosas, de ser así. “Coincidir” con ella era otra opción, pero “descubrir” se aproximaba al significado sin igual, que resumía lo que para él era habérsela encontrado. Un gran hallazgo, una fuente de inspiración que rajaba agua cristalina, nada turbia.

La primavera acechaba en los árboles, las flores repartían su belleza en un acto de bondad para aliviar las penas de las personas, los pájaros eran la banda sonora de la estación. Era el momento exacto para que ella hiciese su aparición.

El joven pintor, que buscaba distintos lugares donde poder descansar y poner en práctica su arte, se asentó en el césped junto a la estación de tranvías, a la sombra que proyectaba un cerezo, sacaba láminas blancas porosas de su carpeta y se ponía manos a la obra. El resultado no siempre le satisfacía, pero la inspiración era algo que tenía que llegar como los tranvías que circulaban, alguno que otro siendo puntual, pero jamás coincidían dos vehículos en los mismos raíles.

Por lo tanto, ella se manifestó de la nada, ni siquiera la había visto girar la esquina, ni cruzar el camino que bordeaba el césped de la isla donde él se había asentado. La descubrió a la espera de tomar su tranvía, la sombra de la chica siempre a su derecha, con la melena caoba ondeando ante la brisa espontanea primaveral. Y siempre, siempre a la misma hora. Cada día, luciendo un modelo distinto. Era coqueta sin demasiada sobrecarga: cualquier combinación de pantalones, falda y blusas eran bienvenidas. Él siempre usaba los colores pastel para retratar su figura, aun sin poder apreciar su rostro, si bien porque le daba la espalda, o porque los rayos del sol y la distancia no favorecían su nitidez. Siempre tomaba su medida con el dedo pulgar, sin ser visto —ella solía tener los ojos cerrados, o eso podía apreciar, recostada en el poste más próximo, durante su espera. También era despistada a su manera, porque solía revisar si llevaba consigo el billete de ida, y gesticulaba exageradamente, sola en la parada, hasta que algunos entrometidos destrozaban la estampa.

En resumidas cuentas, la chica era una absoluta desconocida para él, medía un pulgar y su cabellera era lo más complicado de retratar debido al sin fin de tonalidades que arrancaba el Sol en sus mechones. Pero sí, la sentía tan cercana… inexplicablemente conectado a esa muchacha que le quitaba la respiración mientras la dibujaba, que le hacia difuminar el paisaje para centrarse en ella.

Estaba obsesionado. O estaba interesado. Era pronto para decidir.

 

 

Era el arte que tanto amaba el que le permitía acercarse a ella. Lo desconocido se hacía conocido. Lo lejano era próximo. Sin embargo, lo bello seguía siendo bello. En un principio, en cada lámina de su colección se apreciaba un borrón de matices pasteles y a medida que se centraba en la figura que ocupaba el mismísimo centro, el detalle entrada en juego. Afilaba los ojos y sostenía los lápices pastel con cura excesiva: una puntada más, un difuminado menos y el resultado no le haría justicia a la chica misteriosa.

En el dibujo, ella era un componente más de la estación primaveral; al alzar la mirada de los pasteles para observar la estampa real, veía absolutamente la misma verdad. Tan solo… la vida le hacia efímera mientras que en el arte podía ser eterna, consiguiéndola retener con melancólica avaricia.

 

A menudo discutía con su raciocinio, el que le prevenía de caprichos innecesarios y que mantenía a ralla su ambición; su subconsciente, no obstante, le jugaba malas pasadas y se aliaba con su pasión a la hora de crear estampas artísticas donde la chica era la protagonista. Entonces, cuando ella desaparecía al montar en el tranvía, una vocecita le confirmaba que debía dejar de considerarla su musa o el artista saldría mal parado. La carga emocional del artista era el gran problema.

Se consolaba al día siguiente, plantado en el mismo sitio, tratando de capturar su belleza. Los pasteles careciesen de aglutinantes y el color de la barra fuese el mismo que obtenía el artista tras su aplicación, jamás llegaba a ser suficiente para plasmar la autenticidad de la musa. Aunque la lejanía difuminaba sus rasgos, el aura de la chica compensaba los demás vacíos.

 

Se le estaba reduciendo considerablemente el surtido de tonos claros, la primavera hecha pigmento tal vez llegaba a su fin. A él, que solía desgastar los colores fríos, los azules marinos y el negro hasta decir basta… Se le estaba templando el corazón.
Cuando el pastel rosado era del tamaño de un dedo meñique, ella no apareció en la estación. El tren se fue sin que la primavera subiera en él.

 

“Tal vez sea mejor así”, pensó.

 

El chico no se deleitó con la estampa vacía sino que recreó con pesar el lugar donde ella debía estar.

 

“Las flores florecen una sola vez al año”. Era el ciclo de la vida.

 

Pero el dibujo no era ni tan lejos tan bello, los colores parecían echar en falta el sol que los irradiara, esa figura central que coronaba la obra. La brisa trajo consigo un olor a lavanda y a frutas silvestres.

 

Por: Silvia Z

Silvia Z. (mi nombre)
Del inglés “bookworm” se extrae mi definición. De leer fantasía de bien pequeña, me he llenado la mente de paisajes fantásticos y mundos extraordinarios. Las Crónicas de Narnia han sido una inspiración, pero no tanto como los libros de ciencia ficción y distopías que he descubierto a medida que he crecido. Procuro escribir  sobre aquellos géneros que leo, intentando ampliar horizontes, pero irremediablemente siempre habrá un elemento fantástico que marque la diferencia.
Ahora, estudio Traducción e Interpretación en Barcelona, donde he vivido toda mi vida… aunque no me arriesgue a decir que seguiré viviendo en el mismo sitio en un futuro no muy lejano. Siempre tengo un pie en la tierra (no literalmente) y el otro se atreve a indagar por otros mundos… mientras la imaginación no me falle.

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