Las tumbas olvidadas

I parte: La decisión 

La luz difusa bañaba aquel cementerio de tierras baldías, de tumbas olvidadas. Eran años en los que los hombres perdían el camino para adentrarse en la aventura de lo desconocido, en una búsqueda mortal e implacable que les consumía el corazón, que acababa por arrebatarles la vida dejándolos a merced del frío.

La ceniza barría las amplias callejuelas de una ciudad de guerra. Allí, los hombres se acumulaban al cansancio, a los anuncios matutinos y a los maltrechos diarios que contabilizaban las muertes de sus heroicos ciudadanos.

Para Daniel no era necesario hacer un repaso de la maldita lista. Ya sabía los nombres que figuraban en papel, ya sabía que su padre se encontraba entre los difuntos a los que pronto rendirían honores.

No, él no esperaba junto a un coche tirado por caballos, él no aguardaba en la vieja plaza donde las malas buenas estaban a la orden del día.

Él era un hombre nuevo, había renacido del dolor, del egoísmo que una pierna corta le había regalado. No era apto para la guerra, o al menos eso solían sugerirle cada vez que se presentaba para enlistarse al ejército. Había visto marchar a cientos de hombres, a su padre, a sus primos, mientras él se consumía en el silencio, en una ciudad habitada por mujeres y ancianos.  Ahora las tumbas resurgían entre la niebla ¿Cómo se le podía negar la posibilidad de luchar por todo aquello que consideraba justo?

Existía una fórmula dichosa de la que hacía mucho tiempo había escuchado hablar. Aquella ciudad de olvido, solía atraer viajeros extraños y muy solitarios, y fue así, cuando siendo tan solo menos que un chico escuchó la leyenda maravillosa del elixir eterno.

El recuerdo de tal promesa se aferraba a su desgarrado corazón, aquella era la respuesta a sus problemas, concibiendo tal don, nadie podría negarle su participación en la guerra.

Él creía fielmente en esa existencia, pensaba que era lo único que necesitaba para desterrar el dolor que aletargaba su alma.

El único que podría ayudarlo en su camino era un viejo soldado, un hombre desvaído que hacía mucho había perdido las riendas de su vida, se decía que conocía y percibía el terrible don de la nigromancia, el arte maligno capaz de acechar por años a espera de engañar a la muerte.

El oscuro cielo de otoño guió aquellos pasos apresurados, el anciano vivía en la cúspide más alta a las afueras de la triste ciudad. No importaban las dudas, Daniel solo podía concebir cada paso como uno más cercano hacia su anhelado final.

El viento arrastraba el lúgubre sabor de las ruinas, en tanto que su presuroso caminar fue atenuando una marcha exhausta, sentía el peso de una causa un tanto o poco injusta.

Dos golpes a la puerta resonaron en su pecho, el vago silencio le instó a creer que aquella vieja y mísera cabaña podría estar abandonada. Quizás la historia no era más que una absurda leyenda, una mentira fatal que se arrastraba obligándolo a albergar una esperanza insulsa.

Al retroceder sus oídos se llenaron del chirrido asustadizo de una puerta abriéndose. Un anciano de ropas raídas se posó en el portal, sus ojos se toparon con los suyos y una vaga sonrisa asomó en sus agrietados labios.  Con un gesto flácido invitó a Daniel a que lo acompañara.

El joven sintió como sus piernas bailaban tras la terrible visión. Podía huir y olvidar su instinto de valentía, podía escapar como un último aliento de supervivencia y nadie lo sabría.

Pero no, no escaparía. Se obligó a seguir al anciano dando lentos pasos en una casa que parecía a punto de desfallecer.

-Los pequeños detalles no son nada a la vida, es fuerte – Murmuró el anciano dando pequeños golpecitos contra la pared.

Siguieron por un estrecho pasillo hasta alcanzar un salón muy pequeñito, un par de sillas en el medio  y un montón de pergaminos sueltos, débilmente iluminados por un par de candelabros.

-¿Estás seguro de que quieres encontrar el elixir? – Inquirió el hombre al tiempo que revisaba unos pergaminos.

Daniel asintió con dudas. Sabía lo que quería y sabía lo que buscaba, lo que resultaba tan difícil era confiar en el hombre que le hablaba. Aquel lugar olía a muerte, apestaba, el humo se filtraba por una chimenea mal colocada y le escocía los ojos.

-¡Aquí está! – Exclamó el hombre maravillado  con un trozo de papel en la mano – aunque tal vez tengamos que detenernos a pensar bien las cosas.

Una simple mirada hacia Daniel acompañada por un bufido fue suficiente para poner al joven sobre aviso. El anciano tomó asiento frente a él al tiempo que realizaba un examen exhaustivo de la imagen que tenía ante sí.

-¿Estás seguro de que esto es lo deseas? Es un viaje largo, peligroso… No sé si vuestra pierna pueda soportarlo – Daniel le soltó una mirada furiosa – de acuerdo, solo os advertiré que la inmortalidad no es el idílico pasaje que crees, es una maldición rotunda que no atrae nada bueno. Al final, acabas por ver a la muerte tantas veces, pero ninguna de esas veces viene por ti, sino por quienes más quieres…

Daniel no tenía nada que perder, tomó el mapa y echó a andar por el que creía sería el camino de su vida.

Treinta y nueve noches sucedieron antes de que pudiese alcanzar su cometido. La fría eternidad se extendía a un simple palmo de sus manos. Pero no era eso lo que importaba, Daniel había cruzado todo un océano, había desafiado el peligro, había luchado y vuelto a luchar por encontrar su destino. 

Un destino final que se extendía ante sus manos. Ahora que conseguía estar allí, cabían dudas que antes creía desconocer.  Miles de maravillas que antes concebía como un idílico instante se quebraban bajo los miedos indescifrables de sus luchas.

Había visto el mundo y desafiado las guerras, había conocido el amor, la amistad y la verdad. Había cruzado sus límites, porque su pierna corta ya no era una atadura para su libertad.

Entonces, ¿por qué dudaba ahora?

Daniel dudaba porque la verdadera inmortalidad la había alcanzado con un viaje largo, uno que le había permitido conocerse lo suficiente como para determinar que decisiones tomar. Dio vuelta y se marchó, ya no ansiaba ese elixir que le permitiría recuperar lo perdido, se había encontrado y con eso bastaba para librar miles de batallas más. Esperaba no volver nunca a ese horrible lugar, prefería perderse, quería olvidar, jamás pretendía vislumbrar esas tumbas sentenciadas.

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