El camino de fuego

Las almas cautivas vagaban como leves prisioneras del adiós, albergando las tenues posibilidades

de alcanzar esa libertad plena que desconocían hasta entonces. La ciudad se mantenía en la

profunda calma que precedía al fin del mundo.

El sol se extinguía como el augurio negro de un desdichado final. En tanto, los hombres

sucumbían en sus lechos, agotados entre miles de excesos. En un reino que se lo había dado todo

y que ahora los obligaba a ceder, como ratas perseguidas, que merecían un catastrófico final.